Redacción
El concierto gratuito de Vibra Jalisco mezcló rock, nostalgia, fiesta mundialista y una declaración de pertenencia: Guadalajara cantó consigo misma.
La noche del miércoles, en La Minerva, más de 170 mil personas no sólo asistieron al concierto de Maná: parecieron disputar un partido contra el olvido, como si cada coro fuera una jugada repetida desde la juventud y cada aplauso confirmara que la memoria también puede llenar una glorieta.
La víspera del México-Corea, la ciudad ensayó su propio Mundial. No hubo balón, pero sí alineación titular: Fher Olvera al frente, Alex González en la batería, Sergio Vallín en la guitarra y Juan Calleros en el bajo. Cuatro nombres que para Guadalajara no son simples integrantes de una banda, sino jugadores de una selección sentimental que lleva décadas saliendo a la cancha con camiseta local y pasaporte internacional.
El concierto gratuito, organizado como parte de Vibra Jalisco, tuvo desde temprano ambiente de final. Hubo quienes llegaron desde una noche antes, como esos aficionados que duermen afuera del estadio para no perder la entrada al partido de sus vidas.
La Minerva, normalmente condenada a mirar el tráfico con gesto de estatua paciente, se encontró rodeada por una marea de voces, vendedores, familias, jóvenes, parejas, curiosos y devotos. Afro Brothers abrió la noche y puso el terreno en temperatura.
Después, cuando Maná apareció, las 19 pantallas multiplicaron a la banda hasta convertirla en una presencia simultánea: cercana para los de adelante, monumental para los de atrás, casi doméstica para quienes miraban desde lejos con el teléfono en alto.
La tecnología hizo su trabajo, pero el verdadero sistema de sonido fue el público. Maná puede traer bocinas, consolas y luces; Guadalajara llevó los pulmones.

