Redacción
Mohamed Salah nació en Nagrig, un pueblo agrícola perdido en el delta del Nilo. De adolescente tomaba hasta cinco microbuses y viajaba cuatro, cinco horas cada día hasta El Cairo, solo para entrenar. Y otras tantas de regreso. Durante años. Sin una queja. Como si ya supiera que el talento sin sacrificio es apenas una promesa que casi nadie cumple.
Esa carretera lo llevó a lo más alto: máximo goleador en la historia de Egipto, campeón de Europa, rey de Anfield, orgullo de todo un continente. Pero la fama no lo cambió. Se casó con Magi, su amor de la infancia, antes de los millones. Le devolvió a su pueblo agua potable, una escuela, un hospital. Y una vez, cuando robaron en la casa de su familia, perdonó al ladrón, le dio dinero y hasta le buscó trabajo. Así de ancho es su corazón.
Hoy Argentina lo eliminó del Mundial. Peleó hasta el último minuto contra el campeón del mundo, y se fue con la sensación amarga de que el marcador no contó toda la verdad. Duele más cuando uno siente que dejó todo y aún así no alcanzó.
Pero hay hombres a los que ningún resultado logra empequeñecer. El fútbol, a veces injusto en sus cuentas, no tiene manera de restarle lo que Salah ya construyó: una vida entera hecha ejemplo.

