Redacción
La adolescencia y chimpancés son el eje central del estudio presentado por Rachna Reddy, investigadora de la Universidad de Harvard. La antropóloga evolutiva busca determinar por qué los seres humanos permanecemos tanto tiempo en un estado de transición vulnerable, a diferencia de otras especies que pasan de la pubertad a la madurez con rapidez, compartiendo este rasgo inusual con nuestros parientes genéticos más cercanos.
Vínculo evolutivo: ¿Por qué compartimos esta etapa con los simios?
De acuerdo con las investigaciones de Reddy, quien es becaria del Instituto Radcliffe de Harvard, el hecho de que los humanos, chimpancés y bonobos compartan una adolescencia prolongada sugiere que nuestro ancestro común también poseía esta característica. Los hallazgos se basan en una década de trabajo de campo en el Proyecto de Chimpancés Ngogo en Uganda, donde se ha seguido a la misma población desde 1993 para establecer patrones universales de comportamiento.
En estas sociedades, la adolescencia de los primates, que comienza entre los 8 y 12 años, implica una “reorientación social” lejos de los cuidadores para formar nuevos vínculos. Los jóvenes chimpancés muestran señales de incertidumbre y miedo al acercarse a nuevos grupos, manifestando conductas que los científicos califican como ansiedad social, algo sumamente común entre los jóvenes humanos que buscan encajar en sus propios círculos.
Ansiedad y rechazo social en el mundo de los primates
Un dato impactante revelado por el estudio es que, al llegar a la pubertad, los chimpancés enfrentan una agresividad intensa de los adultos que nunca habían experimentado antes. A pesar de este riesgo de violencia y rechazo, los adolescentes no se aíslan; por el contrario, invierten activamente en sus relaciones mediante conductas de aseo o “grooming”, incluso cuando no son correspondidos, demostrando una persistencia necesaria para aprender a formar lazos adultos.
Para las hembras, lo que está en juego es todavía más crítico, ya que deben abandonar sus hogares originales para establecerse permanentemente en grupos nuevos. Los datos de la Universidad de Harvard indican que la posición social de una hembra para toda su vida se determina en su primer año de integración. Esto las motiva a realizar observaciones enfocadas de los adultos para aprender a navegar las jerarquías de su nueva comunidad.
Aprender a cooperar: El fin último de la adolescencia
Finalmente, Reddy sostiene que esta etapa de la vida no solo sirve para aprender a competir, sino principalmente para aprender a cooperar. Este periodo crítico enseña a los individuos a contribuir a su grupo, ya sea manteniendo una labor o presentándose ante personas nuevas, habilidades fundamentales para la supervivencia en comunidades extendidas.
El estudio concluye que las dificultades emocionales de esta transición son una herramienta evolutiva esencial para integrarse con éxito en la sociedad, subrayando la conexión entre la adolescencia y chimpancés.

