OPINIÓN
Del Plato a la Boca…
¿En qué momento se decidió que un menor puede cambiar legalmente su nombre y su sexo en documentos oficiales, pero no puede votar, firmar un contrato, casarse o decidir prácticamente nada por sí mismo?.
Para casi todo, el argumento es el mismo: “no tiene la madurez suficiente”. Pero curiosamente, cuando se trata de identidad legal, esa regla desaparece.
El derecho no es un capricho moral, funciona con criterios de capacidad. Y los menores, por definición legal, no tienen plena capacidad de ejercicio porque aún están formando su criterio, su personalidad y su visión de largo plazo. Por eso el Estado limita sus decisiones, no para castigarlos, sino para protegerlos.
Entonces la pregunta es incómoda pero necesaria:
¿cómo se justifica permitir cambios legales profundos y difíciles de revertir en la identidad jurídica de un menor, mientras se le considera incapaz para decisiones mucho menos complejas?.
Que una causa sea popular en redes, tenga activismo ruidoso o se presente envuelta en consignas emotivas no la vuelve automáticamente correcta ni coherente. A veces solo estamos viendo adultos proyectando debates ideológicos en personas que aún no han terminado de madurar.
Defender límites no es odiar a nadie. Es reconocer algo básico: si el propio sistema legal parte de que un menor no puede decidir casi nada por su cuenta, permitirle redefinir legalmente su identidad debería, como mínimo, exigir un debate mucho más serio del que hoy se quiere imponer a gritos.
La discusión real no es si alguien “se siente” de una u otra forma.
Es si el Estado debe tratar a un menor como incapaz para todo… excepto para lo que encaja con una narrativa.

