Opinión
Del Plato a La Boca…
La FIFA siempre encuentra la manera de demostrar que para ella el futbol es, antes que nada, un extraordinario negocio. Si alguien pensaba que ya lo había visto todo con los boletos de precios estratosféricos, el monopolio de los derechos de transmisión, las estrictas reglas sobre el uso de la marca y la persecución legal contra comercios que se atrevían a transmitir partidos sin cumplir sus condiciones comerciales, estaba equivocado. Todavía quedaba una idea por explotar: vender el pasto.
Sí, el césped donde se jugará la Final de la Copa del Mundo 2026 tendrá precio. No será un símbolo deportivo ni un recuerdo colectivo. Será un artículo de lujo. Pequeños fragmentos encapsulados en resina, con certificado de autenticidad y presentaciones que van de los 450 a los 3 mil dólares. Si la colección se agota, la FIFA podría ingresar más de 11 millones de dólares por vender lo que, hasta hace unas horas, era simplemente un terreno de juego.
Hay que reconocerle algo al organismo que gobierna el futbol mundial: creatividad para hacer dinero nunca le ha faltado.
Durante años convirtió la Copa del Mundo en una maquinaria comercial perfectamente aceitada. Cobró cifras impensables por los derechos de televisión, elevó el precio de los boletos hasta convertir la asistencia en un privilegio para unos cuantos y protegió su marca con un celo digno de una multinacional tecnológica. En distintos mundiales hubo restaurantes, bares y pequeños negocios obligados a cuidar hasta el último detalle para evitar conflictos legales relacionados con la transmisión de los partidos o el uso de la identidad comercial del torneo.
Ahora la lógica parece haber alcanzado un nuevo nivel: si el Mundial despierta emociones, entonces cada una de ellas puede empaquetarse y venderse.
Lo más irónico es que ese mismo césped fue cuestionado durante el torneo. Jugadores señalaron que la superficie estaba demasiado seca y que afectaba el desarrollo del juego. Pero una vez terminado el partido más importante del campeonato, las críticas desaparecen bajo una elegante caja de acrílico. El terreno imperfecto se transforma, por arte de mercadotecnia, en un objeto exclusivo para coleccionistas.
Quizá nadie pueda reprocharle a la FIFA que busque ingresos. Organizar un Mundial cuesta miles de millones de dólares y el futbol moderno mueve una economía gigantesca. El problema surge cuando la rentabilidad parece convertirse en el único criterio para tomar decisiones. Cuando cada tradición, cada símbolo y cada recuerdo terminan con una etiqueta de precio, el torneo empieza a perder algo más valioso que el dinero puede comprar: su esencia.
Porque el Mundial nunca fue únicamente un producto. Era la ilusión del niño que soñaba con ver jugar a su selección, la reunión familiar frente al televisor, la plaza llena celebrando un gol y la posibilidad de que cualquier aficionado, sin importar su condición económica, sintiera que esa fiesta también le pertenecía.
Hoy la sensación es distinta. La FIFA no solo administra el futbol; administra un catálogo de artículos premium. Camisetas de edición limitada, experiencias VIP, paquetes exclusivos y ahora… pasto certificado.
Tal vez el próximo negocio sea vender el aire que se respiró durante la Final o el polvo de las líneas de cal. Suena absurdo, pero hace unos años también habría parecido absurdo pensar que alguien pagaría tres mil dólares por un pedazo de césped.
En la FIFA, sin embargo, hace tiempo que dejaron de preguntarse si algo tiene valor sentimental. La única pregunta parece ser cuánto están dispuestos a pagar por él.
Creo que esa es la crítica de fondo: el problema no es vender un recuerdo, sino la transformación de un patrimonio deportivo y cultural en una mercancía cada vez más exclusiva, donde la lógica comercial parece imponerse sobre el espíritu del futbol. Esa idea le da a la columna un cierre más sólido que una simple queja por los precios.

